El hombre no creía en fantasmas. Creía en repetir, en corregir hasta que lo torcido cediera. Por eso aceptó el cargo en ese centro de reinserción para jóvenes instalado en esa vieja estancia. Aquel lugar, algo aislado, fue reconvertido para eso: trabajo, disciplina, aislamiento. Antes había sido otra cosa. Los registros eran escasos: encierros, cadenas, castigos. Los viejos ladrillos conservaban algo. La cal no alcanzó para cubrirlo. Quizás por eso durante décadas quedó abandonado. Mucho tiempo tuvo que pasar para que las voces y los pasos lo habitaran nuevamente. Apenas llegó al lugar, no se permitió distracciones y empezó a trabajar. Su credo era su ley: los golpes educan, el rigor ordena. Su sola presencia parecía prometer mantener a raya todo lo que amenazara con desbordar. No conocía otra forma de cuidar. Cargaba con la disciplina como otros con la fe. Llegó con sus dos hijas. Divorciado — o viudo, según a quién le respondiera — . Las instaló en cabañas separadas, bajó las directi...
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps